Lima, Lunes 22 de diciembre


Ayacucho - Cusco - Junín


El coraje de un pueblo que no olvida ni perdona

Columna de la editora de Regiones de El Comercio, María Luisa del Río. Lima 15 julio 2012 - 5:31 pm, 0 comentarios
MARIA LUISA DEL RIO, EDITORA DE REGIONALES DEL DIARIO EL COMERCIO.
Lima

Esta semana recibimos una noticia que debe ser tomada con seriedad, no como un dato pintoresco. Se trata de la decisión de 12 mil nativos de la selva central de formar un ejército asháninka. El ejército arawak, tal como se autodefine, se declara en guerra contra el narcoterrorismo y solo espera que se promulgue una ley de reconocimiento que le permita actuar. Según el comandante general del ejército arawak, Jhony Paulino Romero, todos los integrantes son nativos licenciados en el Ejército y saben manejar armas. Pero por ahora solo cuentan con flechas y cerbatanas. Valientes.

La selva central es el territorio de los asháninkas, yáneshas y nomatsigüengas. Estos pueblos indígenas, sobre todo los asháninkas, fueron duramente golpeados por la violencia de Sendero Luminoso. La Comisión de la Verdad y la Reconciliación calcula que, de 55 mil asháninkas, cerca de 10 mil fueron desplazados forzosamente de sus valles. Unos 6 mil murieron, cerca de 5 mil fueron secuestrados por Sendero Luminoso y más de 30 comunidades nativas desaparecieron. El conflicto armado llegó a la selva central a principios de los 80, cuando un contingente de SL entró a la región por los ríos Apurímac y Ene, huyendo de la contraofensiva militar en Ayacucho. Hacia mediados de los 80 el MRTA también comenzó a expandirse hacia la selva central, huyendo del valle del Mantaro y de las serranías de Pasco.

Hoy el VRAE ha crecido. Por eso ahora se llama Vraem. Ya no es solo el valle entre los ríos Apurímac y Ene, ahora se incluye también al río Mantaro.

Los nativos de la selva central saben que si no frenamos el narcoterrorismo, van a volver a vivir el holocausto que les tocó padecer en los años 80 y 90. Ya conocen la tortura, el miedo, la esclavitud, el adoctrinamiento de menores, la violación, la pérdida absoluta. Ya saben lo que es vivir acorralados entre el terrorismo y las Fuerzas Armadas. No olvidan los asesinatos que hacía SL de los que consideraba soplones, delante de sus familias, obligándolas luego a reírse, bailar, tomar masato y arengar a Abimael Guzmán . Algunos recuerdan incluso que sus familiares enfermos eran enterrados vivos.

A inicios de los 90 el asesinato del líder asháninka Pablo Santoma fue determinante para que las comunidades del Bajo Tambo formaran el ejército asháninka. Esas valientes comunidades pidieron apoyo a la Marina, pero esta se lo negó, según el informe de la CVR. Volver a decirles que no o tan solo ignorarlos sería, una vez más, un crimen.


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